jueves, 16 de febrero de 2017

La Disciplina de la Curiosidad - La Ciencia en el Mundo


Hace ya 26 años, en Noviembre de 1990, recibí como regalo navideño de Elsevier Science Publishers B.V. un libro que lleva el título “The Discipline Of Curiosity – science in the world”. Iba acompañado de una carta con deseos de Año Nuevo del Presidente de la empresa editora, James J.F. Kels, con la espera de que “el libro me ofreciera una diversión que provoque el pensamiento en las breves vacaciones de cambio de año”. Lo recibí, según decía la carta, de parte de todos los empleados de Elsevier Science Publishers. “Espero que lo aceptará como un pequeño testimonio de la gratitud de Elsevier por su contribución continuada con el avance de la información científica”, escribía James Kelfs. En esa época yo era corresponsal  (voluntario) en España de la revista científica “Journal of Applied Catalysis” editada por Elsevier. Me había sugerido este encargo Bernard Delmon, catedrático a la Université Catholique de Louvain, universidad hermana francófona de la flamenca KU Leuven, y a quien conocí antes de la división de la Universidad Católica de Lovaina en dos, y cuando Bernard Delmon era un joven investigador y yo un todavía más joven estudiante de doctorado en el laboratorio de Cinética Química de esa universidad.



El libro fue editado por Janny Groen, periodista, Eefke Smit, gestora de Ciencias en Elsevier, y el periodista Juurd Eijsvoogel, quien lo introduce. A pesar del tiempo transcurrido, el libro mantiene una actualidad porque manda mensajes que también hoy tienen su valor.

“La disciplina de la curiosidad, que es como se puede llamar a la ciencia, es también una disciplina de fines; fines políticos, morales, culturales y comerciales” dice Juurd Eijsvogel en la introducción. Contiene una serie de capítulos redactados a partir de entrevistas de los editores hechas a 15 líderes de opinión de los mundos de la política internacional, de la empresa, de la ciencia y de la comunicación, sobre su visión del papel cambiante de la ciencia en la sociedad.

El primero es David Halberstam, un periodista estadounidense. “El observador” lo llaman en el libro. Es el que mira a la ciencia como un fenómeno de la sociedad moderna. Expresa su preocupación sobre la tensión Norte-Sur: los que tienen acceso a la información y los que no.

Seun Ogunseitan es un periodista nigeriano “que trata de organizar un sistema para la distribución de la información científica en una parte del mundo olvidado por algunos más arriba del ecuador”, según dice de él Juurd Eijsvoogel. El título de su capítulo: “Un sueño africano”.

El año 1990 fue el “Año de la Alfabetización” de la Unesco. Federico Mayor Zaragoza, Director General de esta institución y profesor emérito de Bioquímica, habla de la también necesaria alfabetización de la ciencia y en particular en los países en desarrollo. Y que esto necesita soporte económico. Federico Mayor Zaragoza, opina que la ciencia jugará un papel cada vez más importante en la política en todo el mundo y dice que “cada día vemos una mayor ‘cientificación’ en el proceso de toma de decisiones. Y estoy convencido que esto continuará.”

Alexander King, cofundador del Club de Roma, habla como “activista”, como individuo preocupado que intenta influenciar a los responsables políticos y a la opinión pública y subraya la necesidad de favorecer e impulsar la cooperación internacional entre científicos.

Erich Bloch, Director de la National Science Foundation de EEUU, habla como creador de políticas científicas que procuran que la ciencia solucione problemas en lugar de crearlos, que sean catalizadores. Por eso su capítulo se titula “La catálisis del gobierno”.

Harry Beckers, investigador principal de la multinacional Royal Dutch/Shell, da el punto de vista de un científico industrial que se preocupa del coste y de la financiación. Contempla las dos facetas de la investigación científica: la básica y la aplicada. Las dos son indispensables pero la primera es principalmente responsabilidad de las universidades y la segunda de la industria.

Etienne Davignon, Presidente de la Société Générale de Belgique y antiguo Vicepresidente de la Comisión Europea, habla como industrial sobre “lazos sin cadenas”. De una ciencia sin proteccionismo y sin secretos, internacional y accesible para todos.

Robert Solow, economista estadounidense ganador del Premio Nobel en 1987, también está a favor de una ciencia abierta, internacional y accesible para cualquier persona en cualquier país, para ricos y pobres.

Hisao Yamada es Director de Investigación y Desarrollo del Centro Nacional para el Sistema de Información de la Ciencia de Japón, y Profesor de Información y Gestión de la Ciencia de la Universidad de Tokio. En un capítulo “rompiendo moldes” explica como la cultura de un país influye en cómo se comprende la ciencia por los científicos.

Tudor Oltean, un refugiado rumano que es profesor de las Ciencias de la Comunicación a la Universidad de Ámsterdam, habla de los problemas de la ciencia en regímenes totalitarios como el comunismo y su aislamiento del exterior. (En 1990 todavía existía la Unión Soviética, aislada del mundo occidental)

Rudolf Bernhardt es Director del Instituto Max Planck de Derecho Público Comparativo y Derecho Internacional en Heidelberg, y miembro de la Corte de Derechos Humanos en Estrasburgo. Habla como hombre de derecho pero opina que no son los abogados que liderarán el marco para los cambios rápidos de las necesidades de un mundo moderno de alta tecnología.

Roger Penrose es Profesor de Matemáticas de la Universidad de Oxford que ha trabajado sobre la Inteligencia Artificial pero no cree que las computadoras puedan sustituir al pensamiento humano. El ser humano no piensa como una computadora. El ser humano tiene conciencia. Su capítulo se titula “El agujero negro de la conciencia”.

Kai Siegbahn, físico sueco y Premio Nobel en 1981 (e hijo de otro Premio Nobel), cree en una aproximación a la ciencia basada en el idealismo. Opina que el primer deber de cada científico es contribuir con su conocimiento a resolver problemas globales.

Shigeo Minowa es un economista japonés, Director del Instituto de los Negocios y Gestión Internacionales de la Universidad Kanagawa en Tokio. Insiste en la necesidad de mejorar la comunicación para que más gente entienda la ciencia y qué es lo que hace.

John Maddox, editor de la conocida revista científica “Nature” está de acuerdo en esta necesidad de comunicar mejor la ciencia, y da como ejemplo la necesidad del conocimiento de la medicación y de los medicamentos.

Todos coinciden en que la información científica es esencial, y que no lo es solo para los propios científicos. Estos deben transmitir la información a los políticos, emprendedores y al público en general, opina James Kels. “La disciplina de la curiosidad, como se puede definir a la ciencia, no es meramente una disciplina de formas, métodos y significados. También es una disciplina de fines; fines políticos, morales, culturales y comerciales”, dice Juurd Eijsvogel en la introducción del libro.

Los libreros resumen el libro así: “En el siglo XX, más que nunca, el mundo está siendo moldeado por la ciencia. La ciencia tiene un valor intrínseco al intentar averiguar cómo el mundo funciona, y tiene un valor enorme y cada vez más social. La empresa científica de hoy proporciona la información para la sociedad del mañana. Los científicos se han convertido en protagonistas en la historia mundial. La disciplina de la curiosidad, como puede llamarse la ciencia, no es sólo una disciplina de la forma, sino también una disciplina de fines: fines políticos, morales, culturales y comerciales. La ciencia y la tecnología se han convertido en rasgos de la vida cotidiana…Todos los entrevistados coinciden en que la información científica es esencial, no sólo para el científico. Porque con el reconocimiento de su importancia crucial viene la comprensión de que la empresa científica es, o debería ser, una preocupación para todos. El científico es una figura central y tiene que comunicarse con los políticos, los empresarios y el público en general.

Un libro muy recomendable para cualquiera. El precio no es una excusa porque se vende en librerías online a un precio muy asequible, yo diría barato. La cultura, y la ciencia es una, no debe costar mucho dinero al consumidor. Su lectura es cómoda porque son capítulos cortos e independientes, en total 153 páginas. Puedes leerlo poco a poco entre dos estaciones de metro, en la sala de espera del médico, en un breve descanso en un banco del parque cuando estás paseando, o mientras mueves las piernas en una bicicleta estática, en el gimnasio o en casa. Leerlo conduciendo no es aconsejable. Te pueden multar o te puede pasar algo más grave que te impide leerlo hasta el final.

Ni este artículo, ni este libro nos pueden contar todo sobre la ciencia. Es tan inmensa. “La ciencia es como la tierra. Solo se puede poseer un poco de ella”. (François Voltaire, siglo XVII). Y una vida humana es insuficiente para conocerla en su totalidad. Pero no debe desanimarnos porque “la felicidad no está en la ciencia, sino en la adquisición de la ciencia” (Edgar Allan Poe, Siglo XIX)
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